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MI BANJO (Historias de sus propios dueños)(*)


En mi caso debo mi encuentro con el banjo a la ciudad de New Orleans. Siendo bastante joven (temo que ya hace más años de los que quisiera admitir) me fui a
vagar por los Estados Unidos. Llevaba conmigo una vieja, triste y económica guitarra tipo valenciano y el plan era recorrer lo más posible del país en Grayhound, pero me enamoré de esa ciudad y me quedé un par de meses ahí, sobreviviendo como podía y estirando lo más posible el dinero.
Hay que decir que New Orleans es una ciudad extremadamente romántica, glamorosamente vieja, encantadoramente sucia, pletórica de una patina que procuran borrar en las otras ciudades gringas. Sobre todo es una ciudad negra (con una aristocracia blanca, pero esencialmente negra) y musical.
Me hospedaba en un hotel de medio pelo llamado Hummingbird, que tenía abajo un restaurante en donde iban a comer los individuos más extraños de la ciudad. Era un lugar muy barato.
Ahí conocí a un viejo Banjoista. Era un tipo con cierto aire vagabundo que solía tocar por dinero en las calles y sobre todo en la rivera del Mississippi. Me acerque a él básicamente hipnotizado por el banjo. Hice preguntas tontas, como “¿es muy caro un banjo?”. Cuando respondió con una cifra, probablemente razonable, pero demasiado lejana de mis posibilidades (recuérdese que yo estaba estirando mis últimos centavos para quedarme unos días más en la ciudad) y vio mi cara frustrada, me dijo con aires de profeta: “No te preocupes, veo una banjo en tu futuro”.
Entonces afinó mi guitarra en una afinación abierta, con base en Sol, y me enseñó una serie de arpegios, ustedes saben, arpegios de banjo, pero tocados en guitarra y me declaró que mi instrumento era un buen gimnasio entrenador para el futuro banjo.
Esos arpegios me hicieron un guitarrista diferente frente a los colegas que me rodeaban en México; cosa que me dio grandes satisfacciones.
Un día, en el mercado de la Lagunilla, que es un mercado de pulgas, de antigüedades y baratijas, en la Ciudad de México, finalmente descubrí un precioso banjo de cinco cuerdas (un "Harmony" ver foto arriba). Lo tomé y afiné de forma parecida a como afinaba mi guitarra y… de pronto mis manos resultaban sabias en su romance con el instrumento. La quinta cuerda de pronto cantó con todo su color, que se engranaba entre los otros agudos y mis acompañantes y la gente que me rodeaba en el mercado se asombraron de mi velocidad (nosotros sabemos que tal velocidad hasta cierto punto es efecto de la lógica de los arpegios, sumada a la sincopada locura de la quinta cuerda).
El quid de la historia para mí, es que gracias a esa especie de gurú del banjo, y sin darme cuenta, todos los años como guitarrista solo ha sido para mí una especie de largo entrenamiento para llegar al banjo.
Hoy toco la guitarra relativamente poco, aunque aun le tengo cariño. Pero nunca olvidaré el sentimiento que experimenté cuando descubrí que mis manos estaban hechas para otro instrumento; fue como descubrir una verdadera naturaleza.
En fin “Ches”, comparto esta historia en agradecimiento a la ayuda que he recibido por el generoso esfuerzo de tener, mantener y alimentar su página. He navegado la red buscando información sobre banjos y nunca he encontrado un
espacio más comprometido y completo que el de ustedes.


(*) Por Eric List (Mèxico)(foto)

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